El actor de kabuki Sawamura Tanosuke

1869

Toyohara Kunichika

Grabado en madera, huella: 35 x 23 cm, papel: 37,5 x 25,3 cm

Colección Frederic Amat

Obra comentada por:

Frederic Amat

Artista

El actor de kabuki Sawamura Tanosuke

Obra comentada por Frederic Amat

De frente o en escorzo, al contemplar a los retratados, estos nos observan e incluso, a veces, sentimos un escalofrío ante su mirada. En las mejores ocasiones, apreciamos cómo sus ojos escapan al propio espacio y tiempo de la pintura. Ojos melancólicos o inquietantes, unos nos auscultan y otros nos acogen en la pincelada de su iris.

Cuando la encontré hace diez años en una pequeña tienda en Kioto, hojeando una carpeta de estampas japonesas, sus ojos sonrientes y con un coqueto estrabismo me atraparon y aún me acompañan, día a día, desde una de las paredes de mi estudio. Simpatizo con su faz por una feminidad entre recatada y extasiada. Quien me mira cotidianamente no es un rostro: es una máscara.

El actor de kabuki Sawamura Tanosuke

1869

Toyohara Kunichika

Obra comentada por Frederic Amat

De frente o en escorzo, al contemplar a los retratados, estos nos observan e incluso, a veces, sentimos un escalofrío ante su mirada. En las mejores ocasiones, apreciamos cómo sus ojos escapan al propio espacio y tiempo de la pintura. Ojos melancólicos o inquietantes, unos nos auscultan y otros nos acogen en la pincelada de su iris.

Cuando la encontré hace diez años en una pequeña tienda en Kioto, hojeando una carpeta de estampas japonesas, sus ojos sonrientes y con un coqueto estrabismo me atraparon y aún me acompañan, día a día, desde una de las paredes de mi estudio. Simpatizo con su faz por una feminidad entre recatada y extasiada. Quien me mira cotidianamente no es un rostro: es una máscara. Ella es él, el actor de teatro kabuki Sawamura Tanosuke, en una de sus representaciones escénicas como onnagata [figura de mujer], en el rol de la cortesana Shikishima, de la obra Koshoku Shikishima Monogatari, retratado por el artista japonés Toyohara Kunichika (1835-1900). Como es sabido, en su inicio, a mediados del siglo xvi, el kabuki era representado por mujeres, pero con el tiempo parece que su presencia en escena devino más y más licenciosa, lo cual llevó a que, por el interés de la moral pública, el gobierno militar del shogunato lo prohibiera en 1629. A partir de entonces, los roles femeninos debieron ser interpretados por hombres. Aún hoy en día, nos sorprende que en el “contemporáneo” kabuki que se representa en algún teatro de Ginza, en Tokio, —que denominan el “superkabuki”— sigan leales a esta tradición centenaria. El personaje del onnagata no es en absoluto travestismo; es una traslación a la feminidad, en que se muestra más un estado interior que aspectos exteriores de la mujer. Se desarrolla con una refinada y elaborada técnica de interpretación del género opuesto, sin caer nunca en la parodia ni mucho menos en la caricatura. En el retrato de onnagata que me contempla, la emoción brota de una quietud y a su vez, de una cierta mirada perversa del actor, en una exagerada gesticulación y movimiento de cabeza que desvía cualquier posible verticalidad.

Los ojos van por delante, tras el corazón. Esta estampa danza con su mirada. Una danza de ojos, como en un deslizamiento, un movimiento estático. Es evidente que los personajes de la escena kabuki —palabra que procede de kabuko: extraño, exótico, salido de tono— no fueron ignorados por el magno estilo artístico de la reproducción nacido en los primeros años del período Edo (1603-1867), precedente de la era Meiji (1868-1912). Las estampas japonesas (“uyiko-e”) aparecieron para satisfacer la demanda de la gente común. En un inicio, estas xilografías eran grabadas con buril en la madera, con sencillez y claridad, en blanco y negro que el futuro comprador coloreaba a mano. Más tarde, evolucionaron hasta que, en 1765, se produjeron los primeros grabados múltiples en madera: uno para el contorno negro y tantos otros para cada color, estampados en superficies de gran fuerza cromática. Esta nueva manera de reproducción de las estampas cautivó a los habitantes de Edo (hoy Tokio) que le dieron el nombre de “nishiki-e”. Hay estampas bellamente policromadas en las que se llegaron a utilizar decenas de matrices y cuya tirada estaba en torno a los doscientos ejemplares, otras de menor calidad alcanzaban el millar de copias. De alguna manera fueron el germen del celebrado “manga” contemporáneo.

Este retrato, estampado en 1869, lo observo de cerca con frecuencia. No sabría decir dónde miran sus ojos, pero reconozco en su sonrisa y en la comisura de su boca la evocación de un “mundo flotante”.

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